El día que partí
lo entendí todo.
No hice ningún viaje,
no subí,
no bajé,
no crucé dimensión alguna.
Todo lo contrario:
empecé a volver.
El día que me fui
no salí de mi cuerpo.
Me quedé conmigo,
en silencio,
buscando la manera de entrar,
la llave correcta.
Y vos me buscabas
en los atardeceres,
en las mariposas,
en el viento,
en cualquier cosa
que pudiera recordarte a mí.
Pero yo no estaba ahí.
Estaba buscando la manera
de entrar en mi refugio,
ese lugar que siempre reconocí,
donde nunca tuve miedo,
donde fui cuidado,
mimado,
protegido.
Y lo logré.
Ahora sentís que ya no estoy,
sentís un hueco vacío,
un silencio enorme.
Pero es todo lo contrario:
ya estoy dentro.
Por eso ahora no me oís,
todavía me buscás afuera.
Y no estoy fuera.
Estoy dentro, en tu corazón,
que es donde quería meterme,
el único lugar
donde podía quedarme
y seguir existiendo.
Ahí me guardás.
Ahí me cuidás.
Ahí, de alguna manera,
seguiremos juntos.
Y ahí vamos a encontrarnos,
en silencio,
cada vez que me busques:
hoy,
mañana,
siempre.
No me busques
en el ensordecedor afuera.
Buscame dentro.
Hablame.
Te escucho.
Porque ahora estoy
donde quería estar.
Comentarios
Publicar un comentario